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La revolución de las becas del Gobierno

18/01/2015

Por: REVISTA SEMANA

Edison Correa tiene 16 años y pasó a Ingeniería Química en la Universidad de los Andes. Viene del sur de Bogotá, sacó 352 en su Prueba Saber y tiene claro que lo que viene no va ser fácil. Él es uno de los 10.000 becados del programa ‘Ser pilo paga’ del gobierno Santos, que permitirá el ingreso de estudiantes pobres a las mejores universidades del país. Por su magnitud y beneficiarios, esta iniciativa tiene la capacidad de transformar no solo la vida entera de estos muchachos sino también a los claustros donde se educa la elite colombiana.

En pocos días, miles de jóvenes con altos puntajes y bajos recursos pisarán por primera vez los salones de clase de las 33 instituciones de educación superior acreditadas. Habrán roto, gracias a las becas estatales, una de las barreras más difíciles de franquear para acceder a una formación de calidad: el pago de la matrícula. No obstante, los pilos tendrán que superar otros duros obstáculos en su camino hacia la graduación como el sostenimiento financiero, la adaptación a esos nuevos entornos y evitar la deserción. Pero los retos no se limitan a los estudiantes. Las autoridades educativas y las universidades también tendrán que adaptarse a la irrupción de esta primera generación de becados. 
 
La iniciativa combinó un componente meritocrático, los puntajes altos de un examen estandarizado, con uno de equidad social: falta de recursos por Sisbén. Al mismo tiempo, otorgó a los muchachos la libertad de escoger la carrera que quisieran en la institución acreditada de su preferencia mientras ganaran su cupo. “La educación es la herramienta de equidad por excelencia. Cuando un joven con recursos económicos o uno de escasos recursos entran a las mejores universidades por sus méritos, parten de la misma base. Eso es igualdad de oportunidades, eso es equidad y eso es paz”, dijo el presidente Juan Manuel Santos al anunciar el programa.

El gobierno destinará en este primer año 155.000 millones de pesos para pagar las matrículas a 10.080 jóvenes en las mejores universidades del país. Esta política, sin lugar a dudas generará grandes transformaciones dentro de la educación superior, pero también retos y tensiones al gobierno, a las universidades y a las comunidades educativas.

El impacto de esta promoción de pilos es enorme y afectará al principio los cupos que antes ocupaban jóvenes de clases altas y medias altas. Lo primero que se está viendo es que esta primera camada de 10.080 estudiantes empezó a subir el nivel de los puntajes para ingresar a varias universidades, en especial para algunas carreras que como medicina, son las más demandadas. Por ejemplo, para medicina en Los Andes, 70 de los 75 cupos disponibles podrían quedar entre los jóvenes becados por el Estado. Y de los aproximadamente 2.000 que tenía disponible para todos los programas, 624, un 30 por ciento, quedarían en manos de estos recién graduados. Esto le cambiará la cara a la universidad elite del país.

Pero también será cierto para las otras mejores universidades. En la Pontificia Bolivariana de Medellín entrarán 680 becados, el 27 por ciento de los 2.500 que fueron admitidos para este semestre. En la Javeriana de Bogotá el 15 por ciento de la población de primer semestre serán de estos jóvenes de escasos recursos  mientras que en la del Norte en Barranquilla esa proporción llega al 41 por ciento.

Estos porcentajes de ingreso son tan altos que implicarán necesariamente una convivencia distinta, tanto para los compañeros de clase de los beneficiarios del programa, como para sus profesores y directivos. “Es claro que el nivel de exigencia y competencia va a subir, y eso es lo que queremos. Que a las mejores universidades, que son las 33 acreditadas, lleguen los mejores, pero también que las otras instituciones tengan que hacer la tarea para obtener la acreditación y mejoren sus niveles académicos”, dijo la ministra de Educación Gina Parody a SEMANA.

¿Están listas las universidades?

Un segundo impacto es para la administración universitaria. La llegada en masa de estos estudiantes a instituciones como Los Andes, La Salle, La Sabana, la Javeriana o la Tadeo en Bogotá; o la del Norte del Barranquilla, Eafit y UPB en Medellín o el Icesi en Cali,  ha puesto a trabajar intensamente todos los servicios de bienestar para ayudarles a estos 10.000 jóvenes  a conseguir vivienda, adaptarse al ritmo y la convivencia que se impone en los campus.
 
Las universidades llevan preparándose meses, pero lo cierto es que sin importar la antelación y por más programas de acompañamiento, el golpe de recibir a tantos becados de un solo envión se sentirá en los primeros meses. Por eso la iniciativa del gobierno obliga a las universidades a ser más pilas que sus propios estudiantes.

No es la primera vez que Los Andes recibe estudiantes de estratos bajos. De hecho, con el programa de becas ‘Yo quiero estudiar’, que cubre 100 estudiantes al año, se ha ido familiarizando con el tema. Pero una cosa es 100 y otra más de 600 becas al año cuando el cupo total son 2.000. De ahí que estén pensando planes para enfrentar la dimensión del desafío. La universidad tiene el grupo Andar, una red de apoyo para los estudiantes con beca y financiación, y que desde la semana de inducción ha estado presente resolviendo todas las preguntas de los becados; y el grupo Raíces del consejo estudiantil, que se ha venido reuniendo desde noviembre para preparar su llegada. Además de las redes de apoyo, ha organizado charlas con los profesores sobre cómo actuar en esta nueva etapa, se están adecuando varios salones para recibirlos, líneas de atención y talleres en inglés y cálculo. Y también está el fondo de programas especiales, Fopre, que subsidia 1.000 fotocopias por semestre, bonos de transporte y alimentación.

La Universidad Javeriana también tiene un plan listo. Aunque desde hace varios años su población estudiantil es mucho más diversa que la de Los Andes, tiene el reto de recibir 615 becados este semestre. Para lograr que su llegada sea lo menos traumática posible, cada estudiante tendrá un ‘compañero guía’ que le muestre dónde son las clases, cuáles son los edificios y dónde sacar las fotocopias. Cada carrera está diseñando planes desde sus decanaturas para hacer charlas durante la semana de inducción, crear cursos extracurriculares en las áreas que más lo necesiten y adecuar espacios más amplios para su llegada. “La idea no es consentirlos, sino prepararlos para el cambio y que se sientan cómodos” le dijo a SEMANA el decano de Ciencia Política, Edwin Murillo S.J. Los inductores javerianos ya tienen instrucciones sobre cómo recibir a los becados y qué hacer en caso de que necesiten ayuda.

Mientras para algunas instituciones el desafío es la inclusión social, para otras es la cantidad de nuevos estudiantes que llegarán a sus aulas. La Salle es la que más becados tiene. En total, 1.106 beneficiarios del programa  entrarán a finales de enero. Eso representa el 48 por ciento de los estudiantes que esa universidad recibirá en el semestre. Una particularidad de La Salle es que está orientada a estratos bajos. Por eso, para el vicerrector de Promoción y Desarrollo Humano, Frank Leonardo Ramos,  hay otras variables críticas que se deben tener en cuenta. “Lo primero es ofrecer alternativas de orientación para los jóvenes que vienen de la provincia para enfrentar el reto de vivir en una ciudad como Bogotá. Nuestra estrategia cubre detalles como procesos de ubicación y conocimiento de la ciudad, manejo racional del bolsillo y la ‘economía universitaria’ (gastos en transportes, fotocopias, materiales, alimentación…)”.

Otras universidades como la del Norte en Barranquilla, que recibirá aproximadamente 1.000 becados, el 41 por ciento de su población total de primer semestre, tiene tutores y psicólogos que los acompañarán desde el área de Bienestar Universitario y también desde el Centro de Recursos para el Éxito Estudiantil. “Somos conscientes de que este grupo presenta una situación económica difícil. Por eso dentro del presupuesto de operación, hay un fondo para atender los casos críticos y garantizar que estos jóvenes estudien tranquilos” le contó a la revista Alma Lucía Díaz Granados, vicerrectora Administrativa y Financiera.

La Pontificia Bolivariana de Medellín tiene un Programa de Permanencia y de padrinos para lograr que los becados no deserten, y dentro de los beneficios que tendrán los becados les cubrirá diez niveles de una segunda lengua, no cobrará los derechos de admisión, correrá con los gastos de los derechos de grado a quienes terminen la carrera, tendrá un centro de materiales para ingenierías, diseño y arquitectura y dará apoyos en almuerzos, fotocopias y transporte. A primera vista, las universidades parecen estar preparadas para el reto que enfrentan. Pero será la experiencia y el paso de las semanas el verdadero indicador de qué tan listas están para lograr que los estudiantes no solo lleguen, sino se queden.

Lucha contra la deserción

Una de las mayores preocupaciones es que muchos de estos jóvenes, especialmente los que vienen de provincia a las grandes ciudades, terminen desertando. El temor no es infundado. Según datos del Ministerio de Educación, el 15 por ciento de los estudiantes de primer semestre deserta y la deserción acumulada al décimo semestre ronda el 45 por ciento. De hecho, la tasa de graduación universitaria en Colombia es del 34,3 por ciento y no cambia mucho entre instituciones públicas o privadas. Si el riesgo de renunciar es tan alto para el estudiante promedio hoy, en el caso de los becados del programa es una espada de Damocles que se cierne sobre sus cabezas. Con el agravante de que si desertan o no se gradúan, quedan endeudados.

Varios expertos dijeron a SEMANA que la deserción en las universidades se da, principalmente, en los primeros cuatro semestres porque los estudiantes no tienen cómo pagar la matrícula o su manutención, y en menor medida por problemas académicos o de adaptación. “Si usted les quita a los jóvenes las presiones económicas y los acompaña académicamente, sin dudas las tasas de deserción van a ser muy bajas”, dijo un profesor de Los Andes.

Según cifras del Icetex, los estudiantes que hacen sus carreras con créditos beca tienen una tasa de deserción tres veces menor que la de cualquier otro alumno. “Las universidades y el ministerio estamos atentos y trabajando desde ya para que este fenómeno no afecte el programa”, dijo la ministra.

El programa apunta a que las universidades colombianas obtengan una de las claves de éxito de las grandes instituciones educativas del mundo. Por un lado, tener la mayor diversidad social, regional y étnica, y permitir que jóvenes con mentes privilegiadas, pero de escasos recursos, no se queden por fuera, y por el otro, generar competencias intelectuales que terminan por elevar los estándares.

Una de las críticas que se le hizo a la iniciativa, especialmente desde el Polo Democrático,  es que parte de esos recursos, incluso la mitad, se les debió dar a las universidades públicas con el fin de aumentar la cobertura y sus ingresos. Para la oposición de izquierda el programa desvía dineros públicos a instituciones privadas de elite que concentran las preferencias de buena parte de los beneficiarios de las becas.

Sin embargo, varios exministros de Educación no las comparten, pues consideran que tal y como quedó diseñado el programa es lo más equitativo y democrático, y si algo ha quedado claro en los últimos años es que inyectarles plata a las instituciones públicas a cambio de nada termina siendo una mala inversión.

“Para mejorar los recursos de las universidades y el nivel académico hay otros programas que estamos trabajando. De hecho, este año les llegarán cerca de 500.000 millones de pesos adicionales”, dijo la ministra.

Lo que se avecina también es una importante transformación de la educación superior. Para 2018 habrá 40.000 estudiantes becados por el gobierno, una masa crítica que empezará a generar cambios académicos  e institucionales en los diferentes campus. Solo a través de esos subsidios se está creando el número de estudiantes equivalente a una nueva universidad tan grande como la Nacional.

Como todas las transformaciones educativas serán muchos los niveles en que este programa estatal podrá impactar. Las universidades de elite y sus estudiantes tradicionales enfrentarán una mezcla social que elevará bastante la competencia y aumentará la diversidad. Cada uno de los becados, y los que siguen en próximos semestres, tiene sobre sus hombros la responsabilidad de adaptarse a esos entornos privilegiados, suplir sus carencias académicas y resistir la amenaza más dura de esta revolución: las ganas de tirar la toalla.


De donde nació la idea

El programa ‘Ser pilo paga’ comenzó a gestionarse el mismo día en que Gina Parody fue anunciada como nueva ministra de Educación. Esa noche, por invitación de su profesor y amigo, Juan Carlos Henao, rector de la Universidad Externado, Parody llegó a una reunión con rectores y miembros de otros nueve centros de alta excelencia del país, que se conoce en el mundo académico como el Grupo de los 10 o el G-10.

Dentro de las ideas y propuestas que se discutieron, a la ministra le quedaron dando vueltas las conclusiones de un estudio liderado por el profesor Roberto Zarama de la Universidad de los Andes. Tras analizar los resultados de las pruebas Saber 11, conocidas como las del Icfes, así como otras bases de datos, el investigador encontró que 17.000 de los mejores estudiantes de estratos uno al tres de toda Colombia se quedaban sin ir a la universidad, a pesar de tener puntajes para escoger la carrera que quisieran. De esos, unos 4.000 eran de familias muy pobres.

Para evitar que esas mentes privilegiadas se siguieran desperdiciando en entornos sociales y laborales precarios, la ministra se dio a la tarea de crear un programa que les abriera las puertas de la universidad a estos jóvenes. Tras muchas semanas de trabajo y la colaboración de universidades públicas y privadas nació el programa ‘Ser pilo paga’.

Como el Estado no puede regalar plata, por razones jurídicas, se estableció que quienes hicieran parte del programa recibirían un crédito beca que se condonará una vez los jóvenes terminen sus estudios. Quienes deserten o no terminen, que es el mayor riesgo de este  programa, deberán responder a título personal. Se fijó como beneficiarios, tras un complejo trabajo de modelos matemáticos, a los jóvenes que tuvieran puntajes superiores a 310 puntos y un Sisbén bajo, que es más preciso que la clasificación por estratos. Era una lotería, pues así como no se corría el riesgo de llegar a la meta de 10.000 estudiantes también existía la posibilidad de que el número pudiera llegar a los 15.000.


“Tengo miedo al clasismo, pero ganas de aprender”

SEMANA encontró a algunos de los 624 beneficiarios de las becas que entrarán a la Universidad de los Andes. Alegría y ansiedad son las dos emociones preponderantes. Estas son sus historias.

Eran las tres de la tarde cuando el equipo de fotógrafos y videógrafos de SEMANA llegó a las puertas del edificio Mario Laserna de la Universidad de los Andes a esperar a los becados que salían de su primer día de inducción. Mientras alistaban las cámaras, empezaron a salir jóvenes felices, todos con una calcomanía de la carrera que comenzarán en pocos días pegada en sus chaquetas y una bolsa plástica en la que llevaban el folleto de una universidad que pensaban era inalcanzable financieramente.

María Fernanda Hernández, una joven de 16 años de Chiquinquirá que pasó a Ingeniería Civil, fue la mejor de su colegio y aunque algunos profesores le dijeron que no se ilusionara y su papá ya le había advertido que no podía pagarle la universidad, llegó a la mejor de Colombia. “Para mí es increíble y aunque me da miedo el clasismo, tengo muchas ganas de aprender” le dijo a la revista.

Juan Sebastián Quinovivas, de 17 años, pasó a Geociencias y dice que no tiene miedo. Solo ansias y felicidad porque nunca imaginó que su futuro estaría lejos de Neiva. Desde hace dos semanas llegó a Bogotá a la casa de una profesora y ahora se está quedando donde una tía en el Tunal. “Mi única preocupación es que el gobierno nos prometió cinco salarios mínimos a los que venimos de afuera y ya nos dijeron que solo nos van a dar cuatro giros de 700.000 pesos. Por ahora sobrevivo con la plata que me mandan mis papás” dijo.

Johan Sebastián Duque también llegó hace pocos días de San Vicente del Caguán, sacó 345 en las pruebas Saber y no dejó de revisar su correo un solo día hasta que se enteró que había entrado a Ingeniera Civil.  Al principio su mamá no quería que Johan viajara y tuvieron que convencerla entre los profesores del colegio. La verdad es que a Patricia le daba miedo que su hijo llegara solo a Bogotá con apenas 16 años. Pero Johan salió contento de su inducción, está aprendiendo a usar TransMilenio y arrendó un cuarto con un amigo en Palermo.

Para otros becados, como Rosa Edith Meza, la edad no es problema. Ella tiene 50 años, se graduó hace 33 del colegio y decidió presentar el examen de Estado el año pasado, con la sorpresa de haber sacado 342, puntaje que le alcanzó para ganarse la beca en Gobierno y Asuntos Públicos. Rosa viene de Pasto y alquiló un cuarto en La Calendaria. “Nunca es tarde para aprender y no creo que la edad sea una barrera” dijo. Las ganas de aprender, la alegría de cumplir un sueño supuestamente imposible y el miedo a no poder con el nivel de Los Andes es el sentimiento de la mayoría de becados con los que habló la revista. El pasado jueves es un día que ninguno de los 624 pilos olvidará. Pero todos saben que por más inteligentes y aplicados, la prueba final será no rendirse antes de tiempo y graduarse. 

Tomado de la Revista Semana

www.semana.com

Foto: Revista Semana