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La finca en que trabajan juntos exparas y exguerrilleros

La finca en que trabajan juntos exparas y exguerrilleros

La finca en que trabajan juntos exparas y exguerrilleros

27/09/2015

Por: El Tiempo

Bajo un sol que hace arder la piel, Déiger y Humberto recorren de manera paciente un cultivo de piña, en busca de los frutos que ya están listos para ser cosechados.

Charlan sobre el futuro: sobre ampliar la producción, sobre iniciar una siembra de caña, sobre comprar ganado. Nunca se refieren a su pasado, ni mucho menos al hecho de que podrían haber tenido que enfrentarse a muerte cuando el primero era miembro de las Farc y el segundo, de las autodefensas. Aunque tal vez lo hicieron, sin saberlo.

A su lado hay más desmovilizados de la guerrilla y otros ‘exparas’. Todos trabajan juntos. Ellos tampoco hablan de la guerra que los dividió, solo quieren referirse a su nueva batalla, que consiste en trabajar la tierra de sol a sol, hombro a hombro, para ponerla a producir, para labrarse un futuro.

Son 100 las personas que allí ‘camellan’. Cincuenta de la guerrilla (Farc y Eln) y 50 de los ‘paras’ (del bloque Centauros y de ‘Martín Llanos’). (Lea también: Exguerrilleros y 'exparas' cultivan la tierra en el Valle)

La finca se llama La Fortuna y está ubicada en las sabanas de Hato Corozal (Casanare). Y aunque este singular proyecto cuenta con el respaldo de la Gobernación de Casanare, su origen no es producto de ninguna iniciativa estatal, sino de un acuerdo alcanzado entre los propios desmovilizados.

“Nos dimos cuenta de que en el país son muchas las víctimas y los desmovilizados que solo esperan que el Gobierno les ayude. Nosotros decidimos que no íbamos a sentarnos a esperar a que nos dieran algo, sino que íbamos a proponer algo, que íbamos a hacer algo”, cuenta Shirley, una desmovilizada del bloque Centauros, hoy al frente del proyecto.

Fue así como los 100 dieron vida a la Sociedad Agropecuaria Villa de la Esperanza, consiguieron un crédito por 830 millones de pesos con el Instituto de Fomento del Casanare y compraron un predio de 257 hectáreas que hoy es el centro de sus vidas.

Cada desmovilizado tiene un pagaré por más de 8 millones de pesos, para tener una responsabilidad y una pertenencia sobre el predio adquirido.

Y la Gobernación les cofinanció 548 de los 609 millones de pesos que demandó el proyecto productivo, y que incluyó la siembra de 10 hectáreas con piña.

Hartos de la discriminación

La historia de esta sociedad no ha sido fácil. Comenzó en el 2008, tras la desmovilización de las autodefensas de Casanare.

Un grupo, liderado por Shirley, decidió que deberían convertirse en personas productivas, en particular por la discriminación de la que eran víctimas. Y con esa propuesta fueron a la Asamblea departamental, a vender su idea de que lo que había que hacer era apoyar a los desmovilizados con financiación para proyectos de emprendimiento. (Vea aquí: El plan del Gobierno para los exjefes 'paras' que salgan de prisión)

Y según Shirley, en medio de esta cruzada tanto ella como sus compañeros entendieron que así como ellos no querían seguir sufriendo por la discriminación, tampoco podían discriminar a los demás excombatientes, así que buscaron a personas que se habían salido de la guerrilla para que hicieran parte de su idea. También buscaron gente que hubiera estado con ‘Martín Llanos’, un sector paramilitar oriundo de Casanare que enfrentó a los Centauros, de Miguel Arroyave.

“Duramos dos años –dice Shirley– tratando de convencer a la gente de que un proyecto de esta naturaleza era bueno para todos. De que debíamos asociarnos, porque individualmente no íbamos a hacer nada”.

Las primeras reuniones fueron muy difíciles, porque reinaba la desconfianza. Es más, cada grupo se hacía a un lado del salón y no se hablaban.

Pero poco a poco, quienes habían tenido un cierto rango en estas estructuras militares comenzaron a tomar el liderazgo y a tender puentes para eliminar el abismo que hasta ese momento los separaba, pese a que todos estaban en el mismo bando: el de los desmovilizados.

La Gobernación los apoyó con algunos psicólogos, y eso ayudó mucho. Pero, además, la decisión de la Asamblea de Casanare de apropiar una partida para proyectos productivos de los desmovilizados les mostró que había la voluntad de apoyarlos. (Lea: Arte para que víctimas derroten dolor de guerra)

Finalmente, tanto ‘exparas’ como exguerrilleros eligieron a 100 candidatos, con énfasis entre quienes tuvieran vocación agrícola; se suscribió el crédito y, en junio del 2011, se compró la finca.

Resistencia de los vecinos

Pero los inconvenientes no cesaron. Los vecinos del predio estaban convencidos de que el lugar se iba a llenar de desmovilizados. Y de que 100 familias se instalarían en el predio.

“Hubo muchos inconvenientes. Incluso, se llegó a decir que la finca la habíamos comprado como campo para el reentrenamiento”, recuerda Shirley.

Vicky, otra desmovilizada de los ‘paras’, cuenta que fueron necesarias varias reuniones con la gente de la zona para explicarle el proyecto y para que dejara de estigmatizarlos. (Lea: Desmovilizados dejaron la guerra para trabajar en el campo)

Humberto, desmovilizado del Centauros, es el administrador de la finca. Según él, ya han sacado más de 6.000 kilos de la fruta en dos años.

La decisión de sembrarla no fue producto de la improvisación. Después de que compraron La Fortuna, lo primero que hizo la sociedad fue mandar hacer unos estudios de suelos para determinar qué tipo de cultivos se podrían sembrar y qué clase de fertilización se requería. Y los expertos concluyeron que el predio tenía lotes aptos para el cultivo de arroz, maíz, piña, cacao y palma.

De acuerdo con Humberto, una buena parte del predio resultó apto para la fruta, por lo que se decidieron a apostar por ella.

La Gobernación les ha brindado asistencia técnica. Destinó a un ingeniero agrónomo para que les enseñara todo sobre el cultivo de la piña.

Déiger, quien se desmovilizó del frente 27 de las Farc, es uno de los trabajadores que más frecuentan la finca. Él normalmente permanece en el predio rural por unos 15 días y después se toma dos para visitar a su familia en otro municipio casanareño.

“El proyecto está creciendo y puede crecer más. Estamos pensando en sembrar más piña”, dijo con entusiasmo.

Por ahora está previsto sembrar otras 15 hectáreas de piña. Pero la meta es avanzar en otras siembras, e incluso han hablado de criar ganado.

Según Humberto, en la finca no permanecen los 100 socios, sino que trabajan de acuerdo con las necesidades que se tengan, y cuando lo hacen se les paga el jornal. Y cada uno vive en su casa, no en el predio.

Según el gobernador de Casanare, Marco Tulio Ruiz, este es un proyecto único en el país y una pequeña muestra de lo que se puede hacer si se logra ponerle fin al conflicto armado.

“Es el primer proyecto pensado en el posconflicto”, añadió el mandatario.

Ruiz también destacó el hecho de que los 100 desmovilizados están trabajando sin ningún tipo de monitoreo, sino que se autorregulan.

“Entre ellos no ha habido problemas, todo lo han manejado con mucho tino y en lo único que hacen énfasis es en su proyecto”, agregó.

Para los miembros de esta sociedad su proceso es un ejemplo, especialmente porque ha quedado demostrado que sí es posible una reinserción exitosa.

“La parte más complicada no es desmovilizarse, es la reinserción. Y para que esto funcione, lo que se debe garantizar es la reinserción”, dice Shirley.

De acuerdo con ella, a un desmovilizado hay que garantizarle que la sociedad lo va a recibir y le va a dar opciones, porque de lo contrario no servirá de mucho.

“Todos te dicen ‘desmovilízate’ pero ha hecho falta una movilización de las empresas y de la sociedad para contribuir a una verdadera reintegración de los excombatientes. El paquete debe ser completo, y tanto Estado como sociedad deben movilizarse”.

Y agrega: “La reintegración no se puede hacer desde un escritorio, solo indagándole al desmovilizado sobre su pasado y sus expectativas futuras pero sin ofrecerle nada concreto”.

Para imitar

A lo que el Gobernador suma que la batalla contra la estigmatización que sufren quienes dejan un grupo armado es muy dura; y, de hecho, no son pocos los que quedan ‘marcados’ de por vida. “Muchos se han desmovilizado, pero no todos se han podido reintegrar a la sociedad”, subraya.

Para el mandatario de Casanare, el ejemplo de la finca La Fortuna se debería imitar en todo el país. Pero para ello considera que el Gobierno Nacional debe dar garantías y destinar recursos para el posconflicto.

“Nosotros hicimos esto con recursos de regalías, pero la nueva ley que rige estos dineros no permite hacer esto porque sería inversión en propiedad privada”, agregó el mandatario.

Para los 100 integrantes de la Sociedad Agropecuaria Villa de la Esperanza, la violencia es cosa del pasado, aunque saben que el estigma aún los persigue. Por eso en este texto solo se los menciona por su nombre de pila.

Lo bonito es que ahora ellos solo piensan en futuro, en ampliar su producción de piña, por ejemplo, que por ahora les permite pagar las cuotas del crédito.

Los sueños están a la orden del día en la finca La Fortuna. Ya están pensando, por ejemplo, en montar una planta deshidratadora de fruta para prestarles ese servicio a los piñicultores de la zona y, eventualmente, exportar.

Todo, a punta de esa gran fuerza que da el anhelo de una vida nueva y que reina entre unos colombianos que tuvieron la valentía de dejar atrás la violencia y que no se quedaron esperando a ver qué les daba el Gobierno.

‘Es admirable que trabajen juntos’

Marlene Gutiérrez Oropeza es la secretaria de Gobierno de Casanare y una de las principales impulsoras de este proyecto.

Ese despacho lo maneja con un programa que se denomina ‘Iniciativas de paz y reconciliación’.

“El proceso fue complejo, sobre todo para que ellos como desmovilizados de tres grupos llegaran a tolerarse. Fue un trabajo lento y permanente que se desarrolló con socialización y ejercicios para que ellos terminaran compartiendo”, contó.

Dijo que el estigma que se tiene todavía es muy fuerte y que las personas en el departamento todavía tienen dificultades para aceptar que quienes estuvieron en la guerra quieran darle otro rumbo a su vida.

“La parte admirable es que ellos trabajen juntos. Es un proceso de reconciliación en el sitio de trabajo”, señaló.

Agregó que los desmovilizados tienen unas reglas, unas disciplinas que les permiten trabajar de manera autorregulada.

El punto es que ellos están convencidos de que han avanzado y tienen claro para dónde van, y por eso no rompen esos códigos de convivencia.

Además, porque tienen claro que están en lo de ellos y para ellos.

“Han entendido que para los 100 es mucho más favorable trabajar juntos que estar confrontados en medio de la guerra”, dijo la secretaria.

JORGE ENRIQUE MELÉNDEZ P.
Enviado especial de EL TIEMPO

Tomado de El Tiempo  www.eltiempo.com

Foto: El Tiempo