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Un acuerdo esperanzador

25/09/2015

Por: Editorial

Ha valido la pena la paciencia. El anuncio hecho desde La Habana este miércoles, luego de que el presidente de la República, Juan Manuel Santos, y el jefe del secretariado de las Farc, alias Timochenko, dieran el visto bueno final al acuerdo sobre justicia transicional, es el “cierre de tejado” definitivo de este proceso bien diseñado y construido con cuidado. Debe celebrarse el esfuerzo realizado por los involucrados.

Sí, falta un camino pedregoso y todo aún podría venirse al suelo, pues, como en toda negociación seria, nada está acordado hasta que todo esté acordado. Incluso faltan por definir detalles definitivos de este acuerdo, y no serán sencillos de cara a la refrendación posterior, como cuáles son los delitos conexos que terminarán amnistiados, cómo se definirá la conformación del tribunal especial, de qué manera se aplicará la privación de la libertad sin cárcel o cuáles serán las garantías para la dejación de las armas.

Con todo, la definición de un esquema de justicia de transición aceptado por las partes que permita, sin impunidad y con respeto a las víctimas, poner fin al conflicto era la nuez de un acuerdo final de paz. Y aquí está.

No estamos, como siguen balbuceando con terquedad los opositores de un acuerdo negociado, ante un arreglo de impunidad que pretende llevarnos a imponer el “castro-chavismo” en Colombia. Por favor. Este ha sido un acuerdo acompañado por la comunidad internacional para asegurar que esté ajustado, como lo está, a la Constitución y las normas internacionales de justicia.

Habrá mucha tela por cortar en estos seis meses hasta la firma final. Ya utilizaremos este espacio para comentar y precisar los detalles del acuerdo y para señalar nuestra opinión sobre el diseño posterior de muchas de sus particularidades, siempre con la intención de elevar el nivel del debate que permita a la ciudadanía saber hacia dónde vamos antes de decir si quieren, o no, seguirlo.

Pero hoy, viendo como vemos que este es un proceso que ya no tiene retorno, sólo podemos celebrar esta esperanza de paz y la posibilidad de construir y concebir un país diferente. Teníamos esa deuda histórica como sociedad.

En ese sentido, bienvenida la participación de la oposición en este debate necesario, pero hacemos un llamado a que lo haga con responsabilidad, sin mentiras, sin intenciones electorales. Ya no estamos para juegos retóricos. Su voz es esencial para ejercer el control de poderes y evitar excesos, no para mantener vivo el fuego de la confrontación que todos queremos terminar.

Lo que se discute y discutirá es, ni más ni menos, cómo lograr que el país entero empiece a dejar atrás el lastre de una guerra que ha cobrado demasiadas vidas y dejado demasiadas víctimas. Los retos son muchos y la violencia, lastimosamente, seguirá encontrando maneras de perpetuarse, pero eso no le resta importancia a la posibilidad de desmovilizar al mayor enemigo de la institucionalidad en nuestra historia reciente —y no tan reciente—.

Si algo demuestra el acuerdo es que todo, incluso lo que parece insalvable, puede solucionarse cuando a la voluntad la acompañan la inteligencia y la paciencia. Hay que conservar esa mentalidad para lo que falta. 

Tomado de El Espectador www.elespectador.com