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Siempre vivos

20/10/2015

Por: Editorial

Doña Lucía, el personaje principal de 'La siempreviva', la imborrable obra de teatro del bogotano Miguel Torres, grita: “¡Julieta no está muerta!, ¡nunca ha estado muerta!”, antes de dar el portazo final del drama. Se refiere a su hija abogada, a su fantasma, que trabajaba en la cafetería del Palacio de Justicia cuando acaeció la toma, y que un año más tarde no ha regresado a la casa. Se trata, sobre todo, de la frase que miles de colombianos repiten cada noche, en el borde de la locura y la desolación, mientras las vidas de los demás pasan y el tiempo se va yendo sin que se tengan noticias definitivas sobre el paradero de tantos desaparecidos.

Resulta espeluznante pensar que, por causa de un conflicto que ha arruinado, mutilado y desaparecido a muchos, 45.000 familias –como la de la entrañable doña Lucía– suelen irse a dormir todas las noches con la pregunta sin respuesta de en dónde estará uno de sus seres queridos. Y es, sin duda, esperanzador que los negociadores del Gobierno y los delegados de las Farc, reunidos en La Habana, hayan llegado a un acuerdo sólido sobre la búsqueda conjunta de los desaparecidos por la guerra. Si este acuerdo se ejecuta sin tropiezos, reforzará, como ningún otro paso previo lo ha hecho, la confianza en el proceso que los ciudadanos han estado recobrando o perdiendo según las circunstancias.

Un desaparecido de la guerra es, a fin de cuentas, una herida abierta, una tragedia sin fin, un funeral que está en mora de suceder y un duelo pendiente. Y el empeño de encontrar sus restos, ejercido por la Unidad Especial para la Búsqueda de Personas Desaparecidas –creada por el acuerdo en la mesa de negociación–, es el empeño de reconocer lo que ha ocurrido.

El nuevo compromiso, una tarea desgarradora tanto del Gobierno como de las Farc que pretende “la búsqueda, localización, identificación y entrega digna de restos de personas enterradas como NN”, confirma que las víctimas son la piedra angular de los acuerdos, que la paz no puede limitarse a conseguir el silencio y la entrega de los fusiles, sino que es una tarea mucho más compleja que tiene que encontrar las respuestas a esas preguntas abiertas que retumban y duelen día tras día en las vidas de miles de colombianos.

Es esta, desde luego, una labor que puede resultar devastadora, pues obliga a revivir capítulos traumáticos: secuestrados que no volvieron, soldados a los que se los “tragó la selva” y guerrilleros que se fueron un día y de los que nunca más se volvió a saber. Pero claro que vale la pena llevarla a cabo e insistir en ella –tal como está diseñada: con el concurso del CICR y el Instituto Nacional de Medicina Legal, y tiempo limitado– para que aquellos dramas dejen de tener el espeluznante final abierto de 'La siempreviva': no será duradera la paz si semejantes traumas permanecen de puertas para adentro, atragantados.

El gran reto del proceso de La Habana ha sido convocar a quienes hoy miran con escepticismo lo que sucede en la mesa. El nuevo acuerdo es una señal más de que se sigue abriendo el camino a la verdad que las víctimas –y sus truncados círculos cercanos– han estado reclamando desde hace tanto tiempo.

Tomado de El Tiempo www.eltiempo.com