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Marzo

25/09/2015

Por: Ricardo Silva R.

El papa Francisco, que se ha dedicado a repetir obviedades que resultan revolucionarias en un mundo semejante al infierno –y que con cincuenta años de retraso se ha apiadado de los demás, de las mujeres, de los homosexuales, de los divorciados, pero es mejor tarde que nunca–, nos recordó el domingo desde La Habana que “no tenemos derecho a permitirnos otro fracaso”, que ha llegado la hora de firmar esta paz que está por firmarse con las Farc. Qué bien que lo dijo: es obvio que la guerra es lo que ha sido el país mientras se ha discutido la teoría, es innegable que Colombia ha vivido resignada a sí misma entre el espanto, pero hay que repetirlo hasta el agotamiento, pues “hemos descendido –escribió Orwell en 1939– al punto en el que la reformulación de lo obvio es un deber”, y demasiados colombianos siguen obligándose a leer el titular ‘En marzo se firmará la paz con las Farc’ como una mala noticia, y una ruina: y no lo es.

Es claro que el miércoles 23 de septiembre del 2015 es un día irrevocable: el fin del fin. Es innegable que la justicia acordada en La Habana, 5:45 p. m., es más severa de lo imaginado, respeta el derecho internacional, obliga a los bárbaros a reconocer su barbarie y significa una verdadera reparación. Es evidente que aquella fotografía del presidente Santos dándole la mano al jefe de las Farc, 6:10 p. m., no es una deshonra ni una rendición, sino una valentía. Es notorio que al menos un planeta, este, se ha alineado con la paz de acá: 7 p. m. Y es incontestable que el país tendrá que sacudirse ese guerrerismo monstruoso disfrazado de realismo (‘Se reunirán hoy en Caldas todos los afiliados nazis’, leo en EL TIEMPO del jueves 1.º de mayo de 1941) que ha derrotado a sangre y fraude a quienes han sugerido “justicia social”. Y esta sociedad escamada deberá soportar a todo aquel que haga política sin armas.

Pero dígaselo usted a quienes le han apostado su nombre y su apellido a que esto no es sino un show, y una burla. Dígaselo apenas acaben los gritos: “¡de tú a tú con un terrorista!”, “¡impunidad total!”, “¿y la dignidad de los colombianos qué?”, “¿y la tal refrendación?”, “¿y el ‘nada está acordado hasta que todo esté acordado’?”. Dígaselo si puede con el respeto –y la atención– que merece un aguafiestas.

Colombia no ha sido lo importante sino lo urgente: el ego herido de turno. El expresidente Uribe, que ha perdido los mejores años de su vida en el vil saboteo de su sucesor, “¡castrosantismo!”, ha venido anunciando que recogerá firmas de colombianos inconformes “para que el gobierno de Santos no les entregue el país a las Farc”, pues alguien tiene que encarnar tanto rencor, tanto pasado. Pero incluso él, que tiene cara de morir con las botas de su personaje puestas, que parece dispuesto a pedirles a sus violinistas que toquen su versión de los hechos mientras naufraga su Titanic, está a tiempo –y tiene de aquí al 23 de marzo– para reconocer que de todos los flancos viene el insulto “es que usted no ha tenido que vivir esta guerra” porque en todos los flancos se ha vivido a pesar de ella. Y nadie da más. Y nadie quiere más. Y esta paz es digna.

Habría más bien que recoger las firmas de los ciudadanos que tengan claro que esta guerra ha sido la peor de nuestras costumbres. Habría que reivindicar, mejor dicho, el derecho a los lugares comunes. A repetir que esto es histórico: lo es. Que mis hijos no tienen por qué seguir viviendo en Colombia a pesar de Colombia, y quizás ahora sí puedan. Y que esta violencia –atávica, mecánica, injustificable e inútil– ha sido nuestro gran fracaso, pero que el Estado ha fallado, hasta ahora, en su tarea de ser un obstáculo para el horror: a ver qué tantos estamos de acuerdo con lo obvio. 

POR: Ricardo Silva Romero

Tomado de El Tiempo www.eltiempo.com