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Las guerras por la paz

07/12/2015

Por: Gabriel Silva Luján

Colombia lleva cincuenta años en guerra continua. El costo en vidas humanas, desplazamiento, desarraigo social, crecimiento económico, delincuencia, estabilidad institucional, violación de los derechos humanos, asignación ineficiente de recursos públicos, destrucción del medioambiente, debilidad institucional, narcotráfico... es aterrador. Además, todos los analistas, finalmente, coinciden en que el atraso histórico de nuestro país está explicado de manera significativa por el lastre que representa la violencia crónica.

No hay nada nuevo en esta conclusión. Aquello que es verdaderamente novedoso es que hoy aparece la oportunidad excepcional de clausurar una época ya demasiado larga de nuestra historia. De las más de cien guerras civiles –declaradas o no– que ha vivido el país, ninguna terminó con el aniquilamiento del contrario. La paz llegó gracias al cierre negociado de las hostilidades y a la puesta en marcha de mecanismos de nuevas coaliciones políticas, reformas constitucionales y refrendación popular.

Pero todo proceso de reconciliación exitoso genera –inevitablemente– cambios que en mayor o menor grado conducen a que se vuelvan a barajar las cartas. Ese es el centro de la cuestión. Ante el incremento de la factibilidad de un resultado exitoso de las negociaciones, todos los actores sociales se empiezan a preguntar qué les pasará en el posconflicto. Quieren saber, anticipadamente, hasta dónde la repartida del naipe los dejará con póquer de ases o par doses.

Aquí empieza una dinámica, maravillosamente descrita por uno de los grandes economistas del siglo pasado, Mancur Olson (1932-1998), en su libro La lógica de la acción colectiva, que afirma que los grupos de interés y los gremios prefieren hacer lobby por defender la certidumbre de su pedazo del pastel que apostarle a participar en los inciertos dividendos de un bien público colectivo, como lo sería una sociedad en paz. Así el resultado del posconflicto termine objetivamente siendo mucho mejor para la mayoría de esos actores, la inclinación natural es proteger el statu quo actuando para que –como resultado de una negociación– el grado de alteración de los circuitos de distribución del excedente económico sea el mínimo posible.

La política está sujeta a la misma dinámica. Después de la paz todo va a ser diferente, independientemente del mayor o menor grado de transformación constitucional o institucional. Los circuitos de distribución del poder político no volverán a ser los mismos en el escenario de la reconciliación. Basta con observar aquello que ocurrió cuando se logró la reinserción del M-19. Hoy son una fuerza política con trascendencia nacional.

A diferencia de lo que dicen algunos voceros de gremios, las fuerzas políticas y los partidos –con excepción de aquellos cuyo único discurso es la guerra– sienten que les va mejor en la paz. Hacer política en franca lid en todo el territorio nacional –sin la amenaza del terrorismo–, enfrentando a quienes regresan de las montañas sin armas, es llevar a ese contradictor a un terreno que conocen y manejan con holgura.

La conclusión es que, en la medida en que se acerca el fin de las negociaciones, los colectivos particulares –económicos y políticos– van a desatar muchas guerras contra la paz. Por eso no hay que esperar a la firma de los acuerdos. El buen suceso del posconflicto se construye hoy mostrándoles al país y a los intereses particulares que este sí es un momento histórico en el que verdaderamente todos ganan.

Díctum. Juan Fernando Cristo es un silencioso gladiador por la paz. En La Habana negocian, en el Capitolio se decide.

Tomado de El Tiempo www.eltiempo.com