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La chica de Ipanema

06/04/2015

Por: Gabriel Silva Luján

Para muchos de nosotros, la canción La chica de Ipanema, compuesta por los maestros Vinicius de Moraes y Tom Jobim, es un himno sagrado. Con su música y su letra, nos hizo soñar en un Brasil de garotas enloquecedoras, con un portugués seductor, en una nación independiente, pujante, y con una capacidad de enfrentar todos los desafíos con sonrisas, energía tropical y un nacionalismo a toda prueba.
Sin duda, desde el fin de la dictadura, ese Brasil ideal se fue construyendo con una fortaleza y una convicción que nos producen admiración y envidia de la buena. No en vano la tecnocracia internacional se tuvo que inventar un club para acomodar a Brasil en una categoría diferente de la de los demás países emergentes. Pero las cosas han cambiado.
La receta que los llevó al éxito parecería estar desgastada. Una abrupta desaceleración económica está afectando a la mayoría de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica). Por ejemplo, China tuvo en el 2014 el crecimiento más bajo en veinticuatro años. Rusia está estancada y con una inflación desbordada. El caso más significativo –para nosotros– quizás sea Brasil. La chica de Ipanema se ve hoy bastante más ajada, cansada y menos atractiva de lo que fue hace unos años. Y no parecería ser un tema coyuntural.
Es interesante anotar que los cinco países BRICS comparten –en mayor o menor grado– un modelo profundamente dirigista y centralizado para orientar el desarrollo económico. A punta de incentivos fiscales, regulaciones, controles, proteccionismo y favoritismos, sus gobiernos han construido unas economías poderosas, pero esencialmente dependientes de las decisiones de la burocracia.
Los ciudadanos que aprueban la gestión de la presidenta Dilma Rousseff pasaron de ser el 40 por ciento –al comienzo de su segundo mandato– a solo el 12 en la actualidad. Manifestaciones multitudinarias, sin precedentes, marcharon para protestar contra la corrupción en Petrobrás, caso que ha revelado una red que se extiende hasta los más encumbrados políticos.
A la presidenta Dilma Rousseff, una mujer valiente que desafió la dictadura desde las trincheras, le ha tocado difícil. Con un país al borde de la recesión, con una inflación cercana al 8 por ciento, le tocó poner en marcha un impopular apretón fiscal y una severa restricción monetaria. Pero eso no es suficiente para enderezar el camino. Los problemas de Brasil no están solamente en la macroeconomía. El asunto va más allá. Se trata de una crisis de instituciones y del anquilosamiento de unas políticas públicas concebidas para otras épocas.
Brasil está “trabado” y necesita de un “revolcón”. Colombia ofrece una buena receta ya probada, que, a pesar de lo que dicen los pesimistas, ha funcionado. Apertura económica, desregulación, privatización, transformación constitucional, lucha contra el crimen organizado, castigo ejemplar para la corrupción pública –con altos funcionarios sancionados o procesados– y políticas efectivas de cambio social son todas estrategias que han demostrado que sí se puede poner a un país en la senda de una democracia participativa con crecimiento sostenido.
La presidenta Rousseff tiene dos opciones. O sigue el camino tradicional de acomodar los intereses sectoriales, las roscas burocráticas y a los políticos, o más bien le hace caso a su alma de revolucionaria para liderar una transformación institucional que libere a la chica de Ipanema de esas ligaduras que le han impedido ser lo que se merece, “la cosa más linda, más llena de gracia”.
Díctum. ‘Ser pilo paga’ es una genialidad que siembra igualdad. Pero el Gobierno no puede solo. El sector privado tiene la obligación de ayudar.

Tomado de EL TIEMPO www.eltiempo.com