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Isagén, una venta productiva

11/01/2016

Por: Mauricio Vargas

Hay muchas cosas del gobierno de Juan Manuel Santos que no me gustan. Las he criticado en esta columna de manera franca y directa: la ‘mermelada’ corrupta con que han aceitado a las mayorías de la Unidad Nacional, las falencias de liderazgo del Presidente frente a su propio equipo y frente al país, el exceso de voluntarismo de un proceso de paz que vale la pena intentar pero que por el camino se ha llenado de riesgos y de vacíos, el populismo antiempresarial expresado en una carga tributaria cada vez más alta y otras actitudes draconianas, así como varios temas más.

Con la misma franqueza debo decir que las críticas a la decisión de vender Isagén son oportunistas e injustificadas. Oportunistas porque entre quienes la critican está la bancada uribista, que olvida que el primer intento de llevar a cabo esa venta lo lideró el entonces presidente Álvaro Uribe. E injustificadas porque se agarran del cacareado cuento de la gallina de los huevos de oro, como si a Isagén la estuvieran matando –eso hace el dueño de la gallina en la vieja fábula– y no vendiendo.

Nunca he sido amigo del Estado empresario. El sector público, tan dúctil a las presiones politiqueras, ha demostrado en muchas ocasiones que no sabe de gerencia. Basta darle una mirada a Venezuela, donde el chavismo se apropió de cientos de empresas, las malversó y las postró. No es válido acusar a Santos de entregarle el país al castrochavismo y al mismo tiempo criticar la venta de Isagén, que es una decisión totalmente contraria al castrochavismo.

Isagén es ejemplo de una empresa razonablemente bien manejada, pero, aun así, el dinero que le representa a la Nación en utilidades apenas ha superado los 80.000 millones de pesos anuales en los años recientes. A ese ritmo, harían falta más de 50 años para conseguir los 6,5 billones de pesos en que está tasado el precio base de su venta. De modo que vender –que no matar– esta gallina ponedora de oro es un excelente negocio, pues permite anticipar recursos que el fisco solo obtendría, gota a gota, a lo largo de más de medio siglo y sin posibilidad de usarlos de una vez en proyectos de gran envergadura.

Me opondría a su venta si los recursos fueran a parar a la chequera del gasto: al pago de carros, escoltas, celulares, viajes en clase ejecutiva, a la nómina o a los contraticos de la ‘mermelada’ corrupta. Por fortuna, no es el caso. La ley del Plan de Desarrollo definió con claridad su destino. La plata producto de la venta engrosará las arcas del Fondes, el fondo que maneja los dineros destinados al desarrollo de la infraestructura, administrado por la Financiera de Desarrollo Nacional, a cuya cabeza está Clemente del Valle, uno de los más capaces y rigurosos funcionarios del Gobierno.

Cambiar Isagén por carreteras es todo lo contrario a matar la gallina de los huevos de oro: es cambiar un activo que produce energía eléctrica y algunas utilidades anuales por media docena de dobles calzadas de vital importancia en varias regiones, la mejora de las entradas a Bogotá y otras capitales, y buen número de carreteras más. Todo esto, sin perder la generación de energía, pues Isagén continuará con esa función en manos de sus nuevos dueños, que además seguirán generando empleo y pagando impuestos.

En cuanto al precio de base, siempre habrá discusiones: pero como la cifra determinada es apenas el piso de la subasta, es fácil suponer que los dos proponentes ya calificados pujarán un poco más alto, hasta alcanzar el precio definitivo, de modo que este no será el resultado de un capricho sino de la ley de oferta y demanda. Repito que al gobierno Santos hay mucho que criticarle. Pero, con el mismo rigor de esa crítica, hay que reconocerle sus decisiones acertadas. Y vender Isagén es una de ellas.

MAURICIO VARGAS

Tomado de EL TIEMPO www.eltiempo.com