/?section_id=5053

Escoltas

06/11/2014

Por: Ricardo Silva Romero

Es la mañana del viernes pasado: el viernes 31 de octubre del 2014. Un guardaespaldas desciende de una arrogante camioneta de aquellas, disfrazado, el muy impávido, de lugar común de nuestros tiempos, y le da a esta pobre fila de carros la orden de quedarse aún más quieta porque ahí viene la caravana de su “personaje” –y soportar el trancón de la 100 no es más una tortura, Dios, sino un chiste pesado–, y en ese preciso momento el Presidente de la República de Colombia lanza en la radio la sentencia por la que será recordado por siempre y para siempre: “Los escoltas no son para hacer mercados ni mandados”, dice. Sí, Santos se está refiriendo a un problema concreto, a ciertos apellidos que abusan de la costosa protección que les concede el Estado, pero sin querer está hablando –digo yo– de esa desigualdad, de ese clasismo, de ese arribismo, de esa egolatría, de esa sordidez, que tienden a ganarnos las batallas.

Me lo dijo un niño de 10 años, hace poco, en el patio de recreos de un colegio: “Yo quiero tener un escolta cuando grande”.

Cuenta Andrés Villamizar, el director de la Unidad Nacional de Protección, que tienen escoltas 2.500 de los 7.519 colombianos escudados por el Gobierno; que los 3.200 guardaespaldas que andan por ahí, en 2.000 relucientes carros oficiales, nos cuestan 360.000 millones al año; que mes por mes por mes, al tiempo con los cientos de quejas que le llegan por los abusos de las caravanas, aparecen en su escritorio unas mil solicitudes de esquemas de seguridad; que, pensándolo bien, “no hay nada comparable a esta Unidad en ninguna otra parte del mundo”, y no es esa una buena noticia. Villamizar, que no olvida el día de 1986 en el que trataron de matarle a su padre, ni la jornada de 1990 en la que le secuestraron a su madre, sabe que acá no se juega con eso: que aquí siguen matando periodistas, defensores de derechos humanos, sindicalistas.

Pero tiene claro que ciertos “personajes” siguen enviándose falsas amenazas para conseguir la comodidad, el poder, el estatus que significa aquí tener escoltas.

Colombia es un infierno muy particular. En qué clase de sociedad, si no en una que se ha adaptado a la enfermedad, tener un guardaespaldas no es una desdicha sino una fortuna. En qué tipo de país, si no en uno en el que se ha dado por hecho que la seguridad es un privilegio, que la suerte es un monopolio y hay que armarse, suenan normales titulares como ‘Escoltas irán a paro por falta de garantías’ o ‘¿Podía el magistrado Miranda prestarle el carro oficial a su hijo?’. En qué esquina del mundo, si no en una totalmente resignada a experimentar la violencia, y a perseguir protección en los avisos clasificados (“se busca guardia personal...”), este triste trancón de carros tiene que obedecerle a un encorbatado fruncido la orden de dejar pasar a quién sabe qué falso emperador.

En la China capitalista está de moda tener escoltas. Pero en la minada Colombia –en donde el día siguiente es la nada: “el Estado tiene que brindar todas las garantías para que las 60 víctimas que han pasado por La Habana puedan regresar al país sin acecho e intimidación”, reclamó la valiente Jineth Bedoya– tendría que ser una afrenta, una vergüenza, una infamia pedir la protección oficial con el objeto de darse importancia, de lucirse. Que este guardaespaldas les abra paso por última vez a este cortejo, a esta ambulancia para sanos, y vivos, y oportunistas, que ha hecho lo que le ha dado la gana en nuestras calles: solo eso pido. Que sepa que no es que hayamos dejado pasar su procesión, sino que nos ha pasado por encima.

Y que se vaya yendo con los “personajes” de esta realeza imaginaria que siempre ha creído que vivir en Colombia es vencer a los colombianos.


www.ricardosilvaromero.com