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El garante es Colombia

29/03/2016

Por: Gabriel Silva Luján

Esto puede sonar simplista, pero el éxito de una negociación depende, en gran medida, de la claridad que tengan las partes de que la presencia en la mesa no es un ejercicio para sacar ventajas tácticas sino una decisión estratégica mutua. Es claro que siempre existirán negociaciones que se inventan con el propósito de facilitar fines tácticos, entre ellas muchas en las que en el pasado participaron las Farc, pero el actual proceso de La Habana tiene –conceptualmente– todos los elementos definitorios de un ejercicio estratégico para lograr el fin del conflicto.

El problema radica en que las percepciones de las partes y de la sociedad son dinámicas y cambiantes; en el tiempo y en el contexto. Sin duda, la duración del proceso y los avances y retrocesos contribuyeron a que el martilleo de la oposición uribista contra la negociación tuviera éxito en sembrar pesimismo entre importantes actores sociales. El trabajo de los opositores ha sido, consistentemente, afirmar que las Farc están en La Habana solo para tomar el sol, descansar y sacar ventajas tácticas que les permitirán tomarse el país sin mayor esfuerzo. Es decir, esa versión indica que en lo fundamental no existe una verdadera decisión estratégica de la contraparte de dejar las armas y terminar el conflicto.

El problema es que, en la medida en que se derrumbe la credibilidad colectiva sobre las intenciones de las Farc –cosa de la cual perversamente se enorgullece el Centro Democrático–, la guerrilla legítimamente tiene que contemplar escenarios alternativos. Es inevitable que se pregunten si la sociedad y el aparato institucional vigente van a ser capaces de ofrecer la seguridad jurídica, las garantías personales y las oportunidades políticas que les justificarían renunciar a su factor de poder, que son el terrorismo, la violencia y las armas.

Es decir, el escepticismo colectivo que se ha sembrado, políticamente y en la opinión, ha erosionado la percepción de asertividad de la sociedad frente a las concesiones y los sacrificios que son indispensables para llegar al fin de un conflicto de cincuenta años. Y es la ley de las negociaciones: mientras más dudas surjan sobre la sostenibilidad a largo plazo de los compromisos, es menor la factibilidad de alcanzarlos. El problema no está en el Gobierno o en la mesa. Está en la sociedad.

Tenemos a los mejores negociadores posibles: han hecho un esfuerzo sobrehumano, han tenido el mandato político, la paciencia y las técnicas adecuadas, el mundo ha acompañado todo lo que se ha logrado, pero la oposición se ha dedicado a sembrar unas minas quiebrapatas que pueden hacer estallar la mesa. Asumirán su responsabilidad histórica si eso pasa.

No es el Gobierno el problema, es la pérdida de credibilidad de la sociedad, que es el resultado de los intereses electorales y políticos que quieren vivir de la guerra y que se han encargado de sembrar el pesimismo. Igualmente, ya tenemos el obstáculo de las dudas de la propia contraparte en la capacidad colectiva y conjunta de llegar al éxito. Con razón, el Presidente dice con frecuencia que esta no es la paz de Juan Manuel Santos, sino la de todos los colombianos.

Una negociación exitosa necesita la certeza estratégica de que las partes pueden obtener un acomodo que les permita no aparecer derrotadas o en estatus de rendición, que los intereses a largo plazo se sirvan mejor en un acuerdo que en el conflicto, que lo pactado se pueda ejecutar con capacidad de supervivencia histórica y que lo que se concedan mutuamente sea proporcional y justo. El garante no es la ONU, somos los colombianos.

Tomado de EL TIEMPO

Foto: EL TIEMPO