/?section_id=5053

Editorial: Juan Manuel Santos, nobel de Paz

12/12/2016

Por: EL TIEMPO

En un planeta en el que sumar consensos parece una tarea cada vez más compleja, así como conservar los existentes, todavía no ha aparecido quien cuestione la importancia de los premios Nobel, que es grande.

Juan Manuel Santos es, desde el sábado pasado, el segundo colombiano en la selecta lista de personalidades que han merecido tal distinción. El Nobel de Paz lo catapulta a la condición de figura de alcance y reconocimiento global.

Como fue recalcado en Oslo, el Comité noruego a cargo de escoger el ganador encontró en el coraje y la perseverancia del mandatario para poner fin a un conflicto armado de cinco décadas, que ha dejado más de 8 millones de víctimas, motivos para entregárselo. Su nombre se suma ahora a una lista conformada, entre muchas otras personalidades, por la madre Teresa de Calcuta, Nelson Mandela y el Dalái Lama.

Luego de la emotiva ceremonia, lo que procede es entender el mensaje que la entrega de la medalla a Santos deja y dimensionar apropiadamente su importancia. Es un claro respaldo internacional a este proceso, como se ha dicho. Y podría agregarse que las consecuencias directas de la firma del acuerdo con las Farc en términos de cese de la confrontación armada, y con ella del sufrimiento de quienes –bien fuera como combatientes o como población civil habitante de los territorios que eran escenario del conflicto–, son un hecho de enorme relevancia que la comunidad internacional no pasó por alto.

También, que es algo excepcional que un líder, en estos tiempos en los que, por desgracia, son varias las guerras con abultado saldo de sangre y dolor, se la juegue por encontrar la manera de sentar a la mesa al adversario y no descansar hasta encontrar la manera de silenciar los fusiles. A nadie debe sorprender, pues, que tanto en el discurso del Presidente como en el de la representante del Comité hayan sido centrales las alusiones a las víctimas, quienes son parte fundamental de este premio.

Saber que la paz de Colombia es un asunto con tamaña trascendencia global debería animar a todos los que tienen responsabilidad directa en la difícil tarea de llevar de las palabras a los hechos lo firmado a esforzarse al máximo para lograr el éxito; a persistir hasta ver los frutos de la semilla que los negociadores elaboraron y sembraron.

Para la oposición, el Nobel tiene que ser una admonición para que su labor, válida y necesaria en una democracia, no pierda de vista la necesidad de proteger el derecho a la paz de millones de colombianos que ya comienzan a sentir el alivio de vivir sin la zozobra de la guerra.

En su nueva condición, Juan Manuel Santos tiene la oportunidad de tomar la bandera de nuevas causas, sin olvidar sus responsabilidades presidenciales, que apunten a mejorar la vida de las personas en el planeta y, por supuesto, en Colombia. Eso lo tiene claro, y por ello su alusión directa en su discurso a la imperiosa necesidad de reformular la guerra contra las drogas. Un propósito al que, ojalá, otros líderes se sumen y, de nuevo, con perseverancia y coraje logren impulsar cambios en este terreno que, como la paz, también traerán bienestar para millones.

Tomado de EL TIEMPO