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Día de Muertos

01/11/2014

Por: Héctor Abad Faciolince

En el hemisferio norte la naturaleza parece morir y empieza el invierno. Aquí en el trópico todo sigue igual: sol y lluvia o sequía; doce horas de luz y doce horas de sombra. La misma monotonía. Por influencia gringa (un virus inoculado a través de los colegios bilingües), los niños celebran el Halloween y pulula el estridente anaranjado: el color de las hojas en otoño en un país sin otoño.

Igual que ocurre con la varicela, que no es grave en los niños, tampoco me parece grave que ellos se disfracen y salgan a pedir confites. Pero cuando la varicela del Halloween se contagia en los adultos, tiene efectos ridículos y dolorosos: se vuelve culebrilla. Pero las tonterías no dan para hacer escándalos; este soso contagio cultural no es como para rasgarse las vestiduras, como creen ciertos fanáticos religiosos que ven en el Halloween una especie de rito satánico. Hay quienes creen que así se nos mete —en nuestra sana y limpia cultura cristiana— el culto de demonios y de brujas. Sí, todavía hay quien cree que las hay, y hasta las cazarían y quemarían vivas si pudieran identificarlas. La bobada puede ser peligrosa. Por mí que cada cual haga lo que le salga, pero para mí hoy es el Día de Muertos y no el de Halloween. Día de Muertos, es decir, de lo que importa y de lo que no importa porque al fin y al cabo una de las pocas cosas que importan es la muerte.

Recuerdo que un compañero del colegio, Juan José Aristizábal, cuando pasaba algo grave, soltaba siempre el mismo refrán, con una sonrisa serena: “Más se perdió en el diluvio”. Él tenía el porte seco, ascético, del estoico español. Ante una molestia (tener dolor de cabeza), frente a una adversidad (perder un examen de cálculo), incluso ante una calamidad (derrumbarse un edificio), Aristizábal sacaba a relucir su antigua sentencia. Solamente se callaba ante una tragedia (el suicidio de un amigo, la muerte de un hermano), porque una cosa es ser estoico y otra ser cínico e indolente.

Siempre me han molestado los aspavientos y el escándalo frente a los pequeños sinsabores de la vida: que te rayaron el carro nuevo, que el iPhone se cayó en el agua del sanitario, que no me dieron la visa o se perdió la cédula el día de las elecciones. Bobadas. Para mí la medida del espanto empieza más o menos en el cáncer de páncreas. La fractura de un pie —en este siglo de ortopedia—, el vuelo retrasado, o el insulto de un escritor que no tiene otro oficio que la envidia y la maledicencia, no me parecen mucho más graves que la picadura de una avispa, sin ser uno alérgico. Cuando hay alborotos en las redes sociales, y empieza el cacareo por cualquier acto abominable cometido por algún pecador (que puedo ser yo), recuerdo siempre el mismo aforismo de Lichtenberg: “He recibido tantos elogios inmerecidos, que bien puedo soportar una crítica inmerecida”.

Es más, si la crítica es merecida, con mayor razón se la debe soportar estoicamente (más se perdió en el diluvio), y admitir el error. A lo que no estoy dispuesto es a salir desnudo en una procesión, azotándome la espalda con un látigo, hasta sacarme sangre, como eran las penitencias que exigían los curas del oscurantismo. Si cometí el pecado de mirar en público a una mujer desnuda, y la convertí en objeto, alimentando así el despreciable machismo latinoamericano, no pienso hacer lo que aconseja el Evangelio: “Si tu ojo derecho te hace pecar, arráncalo y tíralo lejos” (Mateo 5, 29). De mi vieja religión adoptaré el propósito de la enmienda, pero no la flagelación pública. No soy sabio ni lo quiero ser y no pienso cargar con el peso de ser un modelo moral para nadie.

¿Qué importa y qué no importa? En el Día de Muertos lo sé bien: que sigan buenos y sanos todos los que quiero, y que no se mueran nunca, o si la muerte se ensaña, que al menos se los lleve mucho después que yo.