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¿Yuca o papa?

15/06/2015

Por: Gabriel Silva Luján

Se ha puesto de moda una peligrosa visión sobre el conflicto colombiano. Según esta interpretación, la guerra y la paz son dos lados –equivalentes– de la misma moneda. Se trataría de “escoger” entre dos fórmulas, dos procedimientos intercambiables y, como dirían los economistas, “sustitutos perfectos”. Es como si estuviéramos mercando y el dilema fuera comprar yuca o papa.

Una reciente encuesta hacía esa pregunta: ¿qué prefiere, acabar con el conflicto mediante una negociación con la guerrilla o mediante la victoria militar? Esa forma simplista de mirar el tema tiene el engañoso atractivo de poner en términos, aparentemente sencillos, algo tan complejo. La respuesta de los ciudadanos, aupada por los recientes hechos de barbarie a cargo de los narcoterroristas farianos, se inclinó a favor de retomar el camino de la confrontación armada. No sorprende.

Desafortunadamente, la opinión se ha dejado encasillar en ese falso dilema, atraída por la ilusión de que derrotar a las Farc es como soplar y hacer botellas. Como si la guerra y la paz fueran comparables, lograran los mismos resultados, duraran lo mismo y tuvieran los mismos costos. Ese es un mito muy pernicioso.

El primer supuesto del falso dilema al que hacemos referencia es que la guerra se puede ganar. La experiencia desde Irlanda del Norte hasta Sudáfrica, pasando por Centroamérica, demuestra que en los conflictos internos –a diferencia de una guerra convencional– la victoria total es muy esquiva. Por eso sorprende la certidumbre con que algunos oficiales retirados de alto rango –que nunca pudieron doblegar a las Farc– pregonen ahora que sí es posible una derrota militar de los terroristas.

Para empezar, contener a las Farc requiere, sin duda, duplicar el pie de fuerza. Hoy, con cerca de quinientos mil colombianos en la Fuerza Pública, no parecería fácil lograr integrar nuevo personal. Ya es un dolor de cabeza para el Ejército aplicar el servicio militar obligatorio y encontrar voluntarios. Quiero ver la cara de aquellos que abogan por la guerra cuando a su puerta lleguen los oficiales encargados de recoger a sus hijos para llevarlos a los campos de batalla.

El gasto en defensa y seguridad ciudadana en Colombia es del orden del 3,5 por ciento del PIB, uno de los más altos del mundo. A vuelo de pájaro –usando ejemplos de otros países con conflicto interno–, se puede estimar que dicho porcentaje tendría que elevarse a 5 por ciento por lo menos, cifra similar a lo que el país invierte hoy en educación.

En un país con semejantes desafíos sociales, dedicar ese significativo monto de recursos a la guerra tendría graves consecuencias a largo plazo y hará más difícil superar la pobreza. Falta ver si los que abogan por la guerra están dispuestos a meterse la mano al dril.

Así como alcanzar la paz se podría traducir en un incremento de entre 1 y 2 por ciento anual en el crecimiento de la economía, agudizar la guerra tendría el efecto inverso. En materia de inversión privada, la guerra significa un regreso a los lánguidos niveles que se observaron en la segunda mitad del siglo pasado.

El esfuerzo que se ha invertido para que Colombia sea un país reconocido globalmente como democrático, pluralista y con un Estado de Derecho sólido se esfumaría rápidamente con el paradigma de la guerra. Pero todo lo anterior no es lo más grave. Esta falsa dicotomía puede condenar a miles de hogares a perder a sus seres queridos, regresar a la cotidianidad del miedo, vivir en la incertidumbre. Por eso negociar la paz y hacer la guerra no son opciones equivalentes. No son dos caras de la misma moneda.

Díctum. Nicaragua no deja de agredir a Colombia. Ojo. 

Tomado de EL TIEMPO. www.eltiempo.com