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¡No a la violencia!

10/07/2016

Por: Padre Rafael Castillo Torres

La primera reacción de muchos al oír hablar de una salida negociada y no violenta al conflicto armado, aún después de firmar el cese al fuego en La Habana, es de escepticismo y desconfianza. En el fondo, son pocos los que creen de verdad que los graves conflictos que históricamente enfrentaron a hermanos de un mismo pueblo, por más de 50 años, puedan resolverse sin violencia.

Los colombianos heredamos una larga tradición en la que la violencia jugó un papel decisivo. La historia que nos enseñaron es de guerras. Desde niños nos metieron en la cabeza que las armas son el único medio eficaz para la victoria. Incluso nosotros los católicos en algún momento de nuestra historia nos inventamos teologías que justificaban la violencia o permitían a los combatientes emprender “guerras santas” o, al menos, “justas”.

Nos cuesta liberarnos de la fatalidad de la violencia. La muerte de un taxista esta semana, las agresiones físicas a muchas mujeres y los enfrentamientos callejeros, generadores de nuevas violencias, parecen no conmover a nadie. Por el contrario, vemos y oímos la justificación de la violencia.

Por eso, si algún signo es portador de esperanza para la realidad del país es el nacimiento y consolidación de grupos, organizaciones y movimientos comprometidos en crear una cultura de paz que destierre la violencia. Esta nueva cultura no se ocupará ni se desgastará en estériles condenas de la violencia, sino en crear un pensamiento nuevo sobre los conflictos y en buscar caminos y estrategias para luchar eficazmente por la justicia sin introducir nuevas violencias. ¿Qué pasos debemos dar?

Lo primero es desenmascarar la maldad que encierra toda violencia. Hoy siguen pesando ideologías que hacen pensar que la violencia no sólo es necesaria, sino honorable.

Lo segundo es reconocer que en nuestro subconsciente colectivo la violencia es asociada a las causas más nobles de justicia y de libertad. Es la reacción natural de hombres movido por la nobleza, el sacrificio, la generosidad o el honor, una gran equivocación. La violencia deshumaniza, pervierte las relaciones, introduce nuevas injusticias y obstaculiza la reconciliación.

Lo tercero es buscar alternativas eficaces a la violencia en las que podamos practicar métodos y estrategias para resolver los conflictos por el diálogo, el acercamiento y el acuerdo. Tenemos la tarea de hacer nacer una cultura muy diferente de la que imponen hoy los “profetas” del armamentismo y el “equilibrio del terror”. Recordemos a Gandhi, estudiante de derecho en Londres: “Leyendo los evangelios me parece que el cristianismo está todavía por realizar… Mientras no arranquemos la violencia...Cristo no ha nacido todavía”. 

Tomado de EL UNIVERSAL de Cartagena. www.eluniversal.com.co

FOTO: EL UNIVERSAL