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 Los seres humanos pueden cambiar

21/07/2016

Por: Francisco de Roux

Creer que los seres humanos podemos cambiar es el presupuesto para hacer las paces en la lucha pública. Si esto se acepta, tiene sentido dialogar con el adversario político, y también con el enemigo en una mesa de negociación. Y tiene sentido permitir que los insurgentes, dejadas las armas, participen en la política. Si somos capaces de cambiar, tiene sentido adelantar procesos de justicia transicional y restaurativa, que supera la impunidad porque se parte de la convicción de que quienes cometieron crímenes de guerra de todos los lados pueden llegar a ser restauradores de sí mismos y de la sociedad para convertirse en sujetos responsables de la ‘no repetición’.

Si no se acepta que los seres humanos pueden cambiar, no tiene sentido dialogar con el adversario político y no hay razón para negociar con el enemigo insurgente que se considera un delincuente empedernido. Solo queda como alternativa excluir al otro de la vida pública, vencerlo en guerra y hacerlo objeto de castigo, porque nunca se va a aceptar que pueda llegar a ser un sujeto creíble, protagonista de su propia restauración y copartícipe en la transformación de la sociedad.

El cristianismo es claro en afirmar que los seres humanos pueden cambiar, y no está solo en esta afirmación. Muchos humanistas, creyentes o no, piensan que los seres humanos pueden cambiar. El cristianismo es radical en su lucha contra el mal, llámese pecado, violencia armada, injusticia, corrupción, mentira o inequidad, pero distingue entre el mal que hay que eliminar y el ser humano involucrado en el mal, que puede llegar a liberarse del mal que lo atrapa. Por eso el respeto nada ingenuo por toda persona, porque se da en la aceptación de los condicionamientos genéticos y sociales, que tiene en cuenta la complejidad de la historia de cada quien.

Los seguidores de Jesús creemos que el misterio de Amor, que nos regala la vida en la maravilla del universo en evolución, ama igualmente y de manera absoluta a toda mujer y a todo hombre, no importa si es de las Farc o del Eln, paramilitar o de bandas criminales, campesina o empresario, sindicalista o maestra, político o militar. Vemos en todos y todas, sin excepción, un misterio de Dios que brega por abrirse paso en sus vidas para llevarlos, si ellos quieren, a su plenitud posible como seres humanos.

En realidad, lo más significativo de lo acontecido en La Habana no es que los participantes en esos diálogos difíciles hayan escrito unos acuerdos. Lo grande es que todos han cambiado. O más exactamente, han entrado en un proceso de cambio serio en el que las ideologías, la rigidez institucional, el cinismo, la afirmación del poder, que predominaban al principio, han ido dando lugar a la preponderancia del ser humano. Por eso, los pasos finales se concentran en las cosas que más nos importan a todos: la verdad y la aceptación de responsabilidades, la entrega de todos los desaparecidos, la reparación de todas las víctimas, la justicia transicional y restaurativa, la no repetición de la victimización, el respeto a las instituciones que nos hacen ciudadanos, la desaparición de los grupos que atentan contra la vida y la seguridad humana sin exclusión.

Esto no significa que de un día para otro todos se volvieron buenos. No. Nosotros venimos de una crisis espiritual profunda, y los seres humanos damos dos pasos adelante y uno atrás cuando intentamos salir del absurdo. Tampoco significa que todos los que estuvieron en la guerra vayan a transformarse. Pero La Habana ha puesto en marcha un cambio de consciencia de proporciones inmensas, que era impredecible al inicio de las negociaciones, y que en su crudeza y en sus desafíos puede llevarnos a un país mejor, si creemos que todos nosotros somos capaces de cambiar.

FRANCISCO DE ROUX

Tomado de EL TIEMPO www.eltiempo.com

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